Mensaje del señor Arzobispo Mons. Oscar Julio Vian Morales, sdb

Jueves Santo

Mensaje del señor Arzobispo Mons. Oscar Julio Vian Morales, sdb

13 de abril del 2017

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

 

Con esta celebración que todos conocemos como la Cena del Señor, iniciamos la conmemoración del santo Triduo Pascual, hemos dejado atrás el tiempo cuaresma, que nos debió haber servido para preparamos espiritualmente a la celebración solemne de  estos tres días, en los que la Iglesia actualiza el misterio de la pasión, muerte y Resurrección de Cristo.

Los hechos que hoy nos narra el Evangelio de san Juan, no son simplemente una leyenda, son acontecimientos reales en los que se fundamentan tres momentos significativos para la vida de la Iglesia: La Institución de la Eucaristía, La Institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del Amor.

 

Primero: La Institución de la Eucaristía.

Para nosotros la Eucaristía es la fuente y culmen de toda la vida cristina. (LG 11). También es el ALIMENTO DEL ALMA, así como nuestro cuerpo necesita comer para vivir, para no estar débil sino fuerte, para no estar enfermo sino sano; de igual manera, nuestra alma necesita COMULGAR para estar sana y fuerte.

 

El sacrificio que ofrecemos los sacerdotes en la Santa Misa, no es únicamente un acto de devoción en el que se recuerda lo que Jesús hizo en la Última Cena, es más bien, la actualización del sacrificio de Cristo, en el que entrega su vida por nuestra salvación, y nos da como alimento su Cuerpo y su Sangre.

Cristo mismo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día”.  Muchas veces tenemos el deseo de ser buenos, pero luego vienen los problemas de la vida, se nos presentan las tentaciones, y entonces nuestros buenos deseos se esfuman. Nos desanimamos, nos volvemos tibios y hasta pecamos. ¿Por qué?. <Porque ser bueno, ser SANTO... ¡es duro!˃ No bastan nuestras fuerzas, necesitamos tomar fuerza de Jesús, que es el alimento divino del alma.

 

Segundo: Institución del Orden Sacerdotal

El Sacramento del Orden es el que hace posible que la misión de Cristo se perpetué en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

 

Todos los bautizados participamos del sacerdocio real de Cristo, el cual nos permite colaborar en la misión de la Iglesia. Pero, los que recibimos el Orden del Sacerdocio, quedamos configurados de forma especial, quedamos marcados de forma indeleble. El sacerdote actúa en nombre de Jesucristo, a quien representa. El sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los fieles.

 

Recuerdo también que la presencia de Cristo en el ministro ordenado, no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo.  Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia; existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al Evangelio y que pueden dañar por consiguiente, a la fecundidad apostólica de la Iglesia. CEC 1550.

 

Por eso es importante nuestra oración constante por los sacerdotes, para que el Señor los mantenga fieles al servicio de su Iglesia.

 

Tercero: El mandamiento del Amor.

Jesús nos enseña la humildad, nos pide ser serviciales, hacer el bien a los demás, sin discriminaciones.

 

El poder de Dios se manifiesta en el servicio.  El gesto de lavarle los pies a su apóstoles, impactó con mucha fuerza el pensamiento aquellos que lo seguían, y debería seguir impacto nuestro pensamiento.  Dios se inclina hasta nuestros pies   para mostrarnos que el verdadero camino del amor, es el servicio.

 

El Señor se ha hecho siervo por nosotros, y por tanto, la comunidad de los discípulos está llamada a continuar este ejemplo de humildad en los servicios, a veces despreciables a los ojos del mundo, pero que servirá para dar vida en abundancia a los humillados de la tierra.  Sólo con el reconocimiento del gran amor con el cual hemos sido amados, podremos madurar nuevas actitudes de perdón y de servicio con todos los que nos rodean. Por lo tanto, dejémonos aferrar por el amor de Cristo para que nazca de nuestro corazón una caridad y una alabanza sincera.

 

 

Pidámosle a Jesús que nos conceda recibirlo con un corazón puro y sincero, y que el mandamiento del amor que hoy nos muestra, acompañe siempre toda nuestra vida y nuestras obras.