Homilía del señor Arzobispo Mons. Oscar Julio Vian Morales, sdb

Misa Crismal

Homilía del señor Arzobispo Mons. Oscar Julio Vian Morales, sdb

11 de abril de 2017

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

 

Saludo cordialmente al señor Nuncio Apostólico de Su Santidad, Monseñor Nicolas Thevenin, a los señores Obispos, a los Vicarios y Pro Vicarios Episcopales y de Pastoral, al Colegio de Decanos, a los Sacerdotes, Diáconos,  Religiosos y Religiosas, Seminaristas, medios de comunicación, y a todo el pueblo de Dios que se ha congregado para participar de este banquete eucarístico.

La Misa Crismal que hoy celebramos, constituye  un momento especial en el que se expresa visiblemente la fraternidad que existe entre todos los sacerdotes de la Arquidiócesis (diocesanos y de vida consagrada), y la comunión de todo el Presbiterio con el Obispo.   Cristo nos ha constituido en un solo cuerpo, y de esta manera debemos permanecer.

 

Esta mañana nos reúnen tres puntos muy importantes:

  1. 1. Dar gracias a Dios por la vida que nos ha dado, y por el camino de Renovación Pastoral que vamos recorriendo en la Arquidiócesis.
  2. 2. Renovar nuestras promesas sacerdotales
  3. 3. Bendecir los óleos y consagrar el Santo Crisma

 

“Todo cuanto hagan, de palabra y de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él” (Col 3,17).  Toda nuestra vida debe ser una constante Acción de Gracias, como cristianos tenemos muchas razones para dar gracias: por el don de la vida, por nuestra familia, por nuestro trabajo, por nuestra patria, aún en medio de tantas situaciones difíciles que nos toca vivir, siempre es bueno dar gracias al Señor.   Como sacerdotes debemos dar gracias el Señor por el don que nos ha regalado por medio del ministerio sacerdotal al que nos ha llamado, no por nuestros méritos, sino por su gracia y por su amor.  Por medio de nosotros, hombres débiles y pecadores, Cristo mismo se sigue dando a los demás, su perdón y su misericordia sigue llegando a muchos.  Hemos sido “elegidos para un servicio incomparablemente bello, el sacerdocio, y  la misión del sacerdote es: dar esperanza a la gente, anunciar que Dios es bueno, aliviar las penas de quien está afligido, recordar el pensamiento del cielo a quien está triste por las tribulaciones de la tierra”(Card. Bertone 7-7-2010). Queridos hermanos sacerdotes, cómo no dar gracias por este inefable don que el Señor nos ha dado.

 

Otro motivo para dar gracias es la Renovación Pastoral de nuestra Arquidiócesis. Haciendo eco al llamado del Papa Francisco, de ser una Iglesia en salida, juntos hemos venido recorriendo el arduo camino de la Renovación Pastoral, que busca llegar a las periferias existenciales de nuestro territorio arquidiocesano, “donde existen tantas situaciones de precariedad y sufrimiento” (MV 15). Todos estamos llamados a una urgente conversión pastoral,  a “una nueva etapa evangelizadora” nos dice el Papa Francisco, que abra caminos nuevos, que rompa con esos esquemas aburridos, en los que nos hemos encerrado durante tanto tiempo, que nos haga recobrar la original frescura del Evangelio.

 

Recordemos que el Evangelio es la fuente de la que brotan nuevos caminos, métodos creativos, diferentes formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual (EG 11). Todo lo que hemos venido haciendo a lo largo de los años en nuestras comunidades parroquiales ha sido bueno, pero no podemos quedarnos tranquilos con el “así se ha hecho siempre”, rehagamos el diseño pastoral y misionero de nuestra Arquidiócesis, que la renovación del Plan Pastoral, que es la etapa por la que ahora nos encaminamos, sea realmente un impulso misionero que nos ayude a  transformar nuestra Arquidiócesis, nuestras familias, y toda nuestra sociedad. Y para esto los sacerdotes somos los primeros llamados a responder con entusiasmo, con alegría y con obediencia.

 

La Renovación de nuestras promesas sacerdotales, debe ser como nos dice el Papa Francisco: “volver a Jesús”, “volver al Evangelio”. Hemos sido ungidos, para ungir con ese mismo espíritu al pueblo que se nos ha confiado, pero muchas veces en medio de nuestras múltiples actividades, de nuestras preocupaciones,  dificultades  y cansancios; nuestra fe  se va debilitando,  nuestro yugo se vuelve más pesado, y se nos va olvidando que hemos sido enviados para curar las heridas de nuestros hermanos.  Renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal,  es renovar nuestro compromiso de amar y servir gratuitamente, es revitalizar nuestras fuerzas físicas y espirituales.

 

Las ánforas con aceite del olivo que hoy vamos a bendecir y consagrar, por la gracia de Dios y la presencia de su espíritu divino,  se convertirán en el óleo santo, para curar, liberar, sanar y santificar a  los enfermos y catecúmenos, y en el santo Crisma para consagrar a los nuevos cristianos, a los confirmandos, a los sacerdotes y obispos.

 

Me dirijo ahora a los hermanos y hermanas de vida consagrada. Su presencia y su incansable labor social y contemplativa hacen tanto bien a la Iglesia y, de manera especial a nuestra Arquidiócesis; que el Señor los mantenga siempre animados y firmes en la fe, para que en comunión con la Iglesia sigan haciendo realidad el gozo de servir al Señor en quienes más lo necesitan. Oren siempre por los sacerdotes, rueguen también por el aumento y la perseverancia de las vocaciones sacerdotales.

Queridos jóvenes seminaristas, ustedes que se preparan para ser los futuros sacerdotes del Señor, vivan plenamente su vocación, vean su formación como algo bello y atractivo. Sean constantes y coherentes en el seguimiento de Cristo, no descuiden su oración, su apego a la Palabra de Dios, y su obediencia a la Iglesia. Siéntanse cercanos al Obispo y a los sacerdotes.  Sacerdotes, apoyen a los seminaristas, dejen que se acerquen a ustedes, oriéntenlos, anímenlos; véanlos con los ojos de Cristo, con amor y sin prejuicios.

Finalmente, expreso mi afecto fraterno y  agradecimiento a los sacerdotes ancianos y enfermos, que físicamente no están entre nosotros, pero su espíritu se une a esta acción de gracias. También expreso mi recuerdo y mi oración  por los que nos han precedido en el viaje a la casa del Padre, para que el Señor los acoja en la asamblea de sus Santos, y que gocen de la verdad en la que creyeron y predicaron.

 

Que la Virgen María, cuide y proteja con solicitud a toda nuestra Arquidiócesis, que con su amor de Madre, custodie nuestra fidelidad sacerdotal.